El destino y ella.
Nunca recuerdo la frase exacta para empezar cuando me siento aquí. Pienso algo que creo que debo escribir y cuando llega el momento ya se ha perdido la magia.
Pensaba en el destino, ese gran engaño que han inventado cobardes y mentirosos. No existe el destino. Solo las decisiones de cada uno.
Yo he tomado decisiones erróneas muchas veces, casi siempre, a decir verdad. He de reconocer que me he enganchado al destino o a la justicia divina para avanzar. Todas esas oportunidades que he dejado pasar, todas esas veces que me he tragado el orgullo y me he escondido en mi madriguera han sido ocasiones perdidas. Nada ni nadie corregirá la balanza.
He perdido momentos para recordar, años de mi vida que habrían sido distintos si tan solo hubiera dado ese paso hacía adelante. Y no lo quería ver, era un cobarde. Soy un cobarde. Lo soy más que nunca porque veo mi error y no soy capaz de hacer nada para tomar otro camino. No se puede deshacer lo andado pero si puedo corregir el rumbo. Mi vida va hacía la deriva y la culpa es toda mía. Siempre intento engancharme a causas inamovibles, externas a mí. Pero cuando echo la vista atrás y veo que clase de persona soy se me cae la cara de vergüenza. Entonces hago eso que se hacer tan bien. Corro a mi madriguera, me escondo del mundo y me regocijo en mi sufrimiento.
Ahora está ella. La quiero y la voy a perder. Ya lo he decidido. Me odio por ello y me odiaré siempre. ¿Se puede vivir así?
Cada momento de vacío se llena con su imagen, esperando oir su voz una vez más. Mirando el estúpido fondo de pantalla del móvil, que dejo encendido solo por si llama ella. Sueño con momentos que nunca llegarán, con fantasías donde tengo el control y no puedo dejar de sentirme estúpido cuando está delante. Todo eso me resulta demasiado familiar como para no saber como va a acabar.
Me refugiaré otra vez y lloraré cuando nadie mire.


